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Artículo escrito por el Dr. Ramón Chehade Herrera Director Ejecutivo del IPDU.

 

El aislamiento domiciliario forzoso nos motiva a reflexionar acerca de la relevancia del disfrute de las libertades individuales (hoy suspendidas), así como de la importancia de contar con mayores espacios públicos de calidad en nuestras ciudades. Esta crisis terminará por redefinir el uso del espacio público y nos enseñará cómo debemos reinsertarnos en el nuevo metabolismo urbano que la pandemia nos ha impuesto a todos.

 

La inimaginable situación que venimos atravesando y la necesidad de priorizar el distanciamiento social nos animan a formular ocho propuestas iniciales que podrían ser consideradas por las autoridades para potenciar el uso de los espacios públicos, así como para repensar también el uso de algunos espacios privados de cara a la “nueva normalidad”.

 

1. El ensanchamiento de veredas para contribuir al distanciamiento físico y la implementación de ciclovías son medidas que se vienen anunciando con acierto. Es momento de pasar del verbo a la acción. Hubiésemos aprovechado las semanas de calles vacías para ejecutar estas iniciativas.

 

2. Culminada la cuarentena, surgirá la necesidad de retomar las actividades deportivas al aire libre, pero debe evitarse la aglomeración de corredores o ciclistas en los espacios habitualmente empleados por ellos. Existen numerosos espacios subutilizados en la ciudad que, con un poco de imaginación y bajo presupuesto, pueden activarse para ofrecer rutas alternativas para el esparcimiento y el deporte. La ciclovía existente en el perímetro del Pentagonito no siempre estuvo allí. ¿Por qué no replicar esa excelente iniciativa alrededor (o al interior) del Campo de Marte o de los parques zonales? No desaprovechemos su existencia.

 

3. La normativa urbanística debe estimular el desarrollo de proyectos de uso mixto en la ciudad donde se conjugue la vivienda con el comercio y los servicios, pues la mixtura de usos promueve los desplazamientos peatonales o en bicicleta, contribuye al cuidado del medio ambiente, acerca la vivienda al comercio, enriquece la calidad de vida y hace más eficiente el uso del suelo urbano (cada vez más caro y escaso). Recordemos que en el urbanismo moderno el desplazamiento humano se mide en unidades de tiempo (no de distancia).

 

4. Nuestras ciudades tienen un enorme déficit de servicios higiénicos públicos que fácilmente podrían implementarse en los parques de la ciudad y cuyo mantenimiento puede quedar a cargo de las municipalidades, especialmente ahora que lavarse las manos es igual de importante que usar mascarilla. Estos baños podrían contar con dispensadores de mascarillas para que cualquiera pueda acceder a ellas a cambio de unas monedas.

 

5. Los nuevos proyectos de grandes equipamientos urbanos (colegios, aeropuertos, centros de convenciones, etc.) deberían diseñarse, en la medida de lo posible, considerando que pueden funcionar en el futuro como hospitales de emergencia. Así, estas instalaciones podrían contribuir a enfrentar eventuales déficits sanitarios ante pandemias futuras.

 

6. Los diversos comercios que están reinventándose para subsistir (como el conocido caso de la pastelería que evolucionó a minimarket) no deberían ser víctimas de las inflexibles exigencias municipales (como acreditar un número mínimo de estacionamientos o migrar solo hacia actividades expresamente normadas), para mantener sus licencias de operación ante el necesario cambio de giro.

 

7. El uso intensivo de ascensores en edificios de vivienda u oficinas también debería limitarse, evitando así el ingreso a un espacio cerrado con poca ventilación y tocando paneles de uso público para recorrer unos pocos pisos.

 

8. El uso de las azoteas de los edificios multifamiliares requiere también ser replanteado para permitir su uso como nuevos espacios de esparcimiento común para sus habitantes (posibilitando la instalación segura de mesas de ping-pong, ‘fulbitos’ de mano, bicicletas estacionarias u otros que la Junta de Propietarios decida implementar), flexibilizando las restricciones municipales que actualmente limitan la ocupación de las azoteas al 30% de su área.

 

Seguramente existen muchas otras iniciativas de mayor escala o de acupuntura urbana para implementar. Es cuestión de imaginación y del aporte conjunto de experiencias. Tomemos conciencia que, dentro de las múltiples desgracias generadas por el coronavirus, existe también una valiosa oportunidad para repensar la ciudad y la forma de usar los espacios públicos que hoy, penosamente, nos resultan temporalmente prohibidos. Es una oportunidad para reflexionar sobre cómo hacer ciudades más flexibles, más humanas, más porosas y mostrar nuestra resiliencia urbana desde la actuación coordinada entre la gestión pública y el sector privado. La creatividad debe ser puesta al servicio de la ciudad; ese espacio que todos utilizamos, pero en el que muy poco pensamos.

 

 

 

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